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Centro Herbert von Karajan de Viena
Fundación Jesús Alvarez del Castillo .V
Presentan:

Ciclo Karajan
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Del 14 al 22 de mayo, Plaza Fundadores
Hora: 21:00 Hrs.

La batuta experta que transformó el mundo de la música
por Sergio Alejandro Matos
Director del Festival Cultural de Mayo

Analiza la música con microscópica meticulosidad, pero detrás de esa mente se esconden unos instintos que lo envuelven todo en unos velos de embrujo y de pasión. Esto explica la extraña incoherencia de sus expresiones, la perspicacia, el refinamiento incisivo y el encanto de ensueño de sus versiones. Siempre deslumbra su colorido. Herbert von Karajan es sin duda un producto típico de la civilización reinante en las grandes urbes.

De la vida privada de Karajan se cuentan rasgos que cuadran perfectamente con esta imagen. Le apasionan los coches. No le gusta que le retraten ante el atril, pero sí en un nuevo coche suyo. Su sueño era poseer un Jaguar de 100 HP. Se aficiona a los problemas técnicos. Era además, un deportista entusiasta y lo que más prefería era esquiar, llenándole de orgullo su título de mejor esquiador del Tirol. Practicó el deporte con temeridad. En una entrevista, Paula von Reznicek consigna la afición de Karajan a las largas excursiones, en las que nadie puede o quiere acompañarle y que le llevan a refugios perdidos en la soledad.

Karajan fue uno de los directores que ensayaban con mayor ahínco. Nunca le parecieron los ensayos largos, ni tampoco suficientes. Jamás se detuvo sin haber perfilado los últimos detalles. Fue puliendo sin cesar, para aproximarse a la imagen ideal en que se formó de la obra. No dejaba al azar nada del concierto. Pero también hay opiniones contradictorias en esto. No se puede negar que las orquestas mejoran entre las manos de tan brillante preparador. Crecen en virtuosismo y limpieza, y aumenta la belleza sonora, como lo demostró su orquesta titular: la Filarmónica de Berlín.

A propósito de Karajan, debemos decir algunas palabras sobre el hecho de dirigir de memoria. En el año 1816, las salas de concierto vienesas presenciaron un espectáculo sensacional: cierto violinista, caído hoy en el olvido, tocó de memoria una composición, y esto parecía algo completamente nuevo. Pero la costumbre se extendió con rapidez. Por todas partes Paganini y Liszt habían tocado siempre de memoria, lo cual contribuyó no poco al entusiasmo del público. También había causado gran sorpresa que Hans von Bülow tocase de memoria las 32 sonatas de Beethoven.

El dirigir de memoria causaba admiración porque era algo nuevo, e hizo escuela porque causaba admiración. Hoy día, casi se hace sospechoso el director que hojee la partitura dirigiendo una sinfonía de Beethoven. Por otra parte, si la partitura sirve de ayuda para la memoria, no se debe prescindir de ella por una mera cuestión de moda. En general, el dirigir de memoria da una seguridad mucho mayor en la realización de las obras y en las relaciones con la orquesta, habiendo contribuido a perfeccionar la técnica de la dirección. Ya no es posible hoy, ni en teatros de provincia, el tipo del director-semáforo, con la cabeza metido en la partitura, y no se debe juzgar ligeramente a los que dirigen de memoria.

En las últimas décadas se ha propagado muchísimo tal forma de dirigir. Y de memoria lo hacen muchos jóvenes directores de orquesta, incluso cuando dan primeras audiciones de las obras modernas más difíciles. Toman como modelo a Toscanini. Parece ser que éste se ve obligado a dirigir de memoria por su mala vista; pero tal artista es una excepción. Por estar fuera de todas las normas, no puede servir de medida. Lo que él consigue hacer no se halla al alcance de otros.

A fuerza del ejercicio, la técnica de la memoria musical se ha perfeccionado en proporciones nunca sospechadas. De igual modo que algunos actores han estudiado quinientos papeles durante su vida, también algunos directores pueden dirigir de memoria el mismo número de obras. Adquieren la técnica de retener en la memoria una partitura después de leerla una o dos veces. Algunos la recuerdan tan sólo por poco tiempo; más otros la recuerdan durante toda la vida.

Claro que esto requiere de musicalidad, intensidad, sensibilidad y vigor.

Herbert von Karajan concedió gran importancia a dirigir de memoria, haciéndolo así aun tratándose de obras extensísimas (de hasta cuatro horas), como los dramas líricos de Wagner.

Heribert Ritter von Karajan, mejor conocido como Herbert von Karajan, nació en Salzburgo el 5 de abril de 1908. Comienza estudios de piano en 1912 y trabaja en el Mozarteum, al mismo tiempo que atiende clases en el Liceo de su ciudad. El director Bernhard Paumgarter lo encamina hacia la Escuela de Música de Viena donde se hace alumno del célebre Fraz Schalk. Debuta como director en 1927 con "Fidelio" de Beethoven, en Salzburgo. Compromisos profesionales lo llevan a Aquisgrán de 1935 a 1941, siendo el más joven director en Alemania.

En 1937 hace su debut en la Ópera de Viena y al año siguiente en Berlín. Graba sus primeros discos a finales de los años treinta, y durante la ocupación alemana dirige con frecuencia la Ópera de París. En 1946 comienza su colaboración con la Filarmónica de Viena, pero su adhesión al Partido Nazi durante los años de guerra le trae consecuencias, cancelaciones y enemistades que interrumpen varias veces su carrera. En 1948 comienzan sus presentaciones en el Festival de Salzburgo y al año siguiente trabaja en la Scala de Milán, plaza que visitará a lo largo de los años cincuenta en legendarias representaciones. Le nombran al frente de diversos festivales europeos y forja una alianza artística con Walter Legge y la Orquesta Filarmónica de Londres, donde inicia una serie de grabaciones innovadoras. En 1951 aparece en Bayreuth, a la muerte de Wilhelm Furtwängler, es nombrado director musical vitalicio de la Filarmónica de Berlín. Se le nombra en Viena a cargo de la Ópera, donde realiza sus deseos por varios años hasta que renuncia cuando no le cumplen sus condiciones. Comienza producciones operísticas para el cine y funda su propia empresa para ese propósito. En 1967 funda el Festival de Pascua de Salzburgo, además de concursos internacionales para jóvenes directores y otro para orquestas. Se le ofrece la Orquesta de París y reanuda sus actividades en Viena.

Funda otra empresa llamada "Telemondial", con la que filma lo mejor de su repertorio. Un problema de descalcificación de la médula espinal le impide caminar, hasta que una operación en 1983 le permite volver a caminar con cierta normalidad. Amado o detestado, Karajan es indiscutible figura señera de la dirección de orquesta en el siglo XX. Su perfecto conocimiento de los instrumentos y sus posibilidades, aunados a su exigencia y tenacidad, le permitieron elevar a la Filarmónica de Berlín a niveles de excelencia que ninguna orquesta había alcanzado antes. Sus interpretaciones demuestran de igual manera la evolución de una de las mentes musicalmente más avanzadas de este siglo. Karajan murió el 16 de julio de 1989.

PROGRAMA:

Dias: 14 15 16 18 19 21 22

Sábado 14
Concierto de Año Nuevo (Viena- 1987)
Sinfonía No.5 de Beethoven

Plaza Fundadores, 20:30 Hrs.

Sinfonía número 5, en do menor Opus 67, de Beethoven

A pesar de que Beethoven concibió algunas de sus ideas temáticas ya en 1795 y pese a que un boceto de su comienzo podamos fecharlos en 1803, esta ilustrísima sinfonía sólo empezó a escribirse a partir de 1805, inmediatamente después de la Tercera sinfonía, y no se acabó hasta 1808, Interrumpida por la composición de la Cuarta, la Sinfonía en do menor se convirtió en contemporánea de la Sexta sinfonía –la Pastoral- y se ejecutó simultáneamente con éste el 22 de diciembre de 1808 en el Theater an der Wien y en orden inverso, igual que su numeración, numerada la Pastoral como Quinta. La partitura no aparació hasta el mes de marzo de 1826, con esta doble dedicatoria: “A su Alteza Serenísima, Monseñor el príncipe reinante de Lobkowizt, duque de Raudnitz” y “A su excelencia el señor conde de Razumovsky”. Reproducimos algunos juicios importantes que se hicieron sobre la obra: para E.T.A. Hoffmann, la Quinta sinfonía “expresa un alto grado de romanticismo en su música, el romanticismo que revela el infinito”; Goethe declara en 1830, cuando Mendelssohn ejecuta la obra para él: “¡Es enorme, una locura! Le da a uno miedo de que se hunda la casa”. Finalmente, Beriloz escribe en la Gazzette musicale, después de su ejecución en París en 1834; “El auditorio, en un momento de vértigo, ha cubierto a la orquesta con sus gritos... Un espasmo nervioso sacudía a toda la sala”. No insistamos más: ayer, como hoy, la Sinfonía en do menor “es” Beethoven.

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Domingo 15
Misa de Coronación de W.A. Mozart
Sinfonía No.7 de Beethoven

Plaza Fundadores, 20:30 Hrs.

Misa de "Coronación" de W.A.Mozart

Más de la cuarta parte de la producción de Mozart está dedicada a la voz, en distintos géneros y motivos, abarcando desde lo más sagrado hasta la picardía popular. Casi todas las obras religiosas fueron escritas cuando estuvo al servicio del príncipe-arzobispo de Salzburgo, entre 1765-1781.
La música sacra del genio, en especial las misas, fue objeto de controversias y críticas negativas durante muchas décadas. Se la tachó de intrascendente, ligera, mundana, italianizante, teatral y operística, más propia de un escenario que para el culto. En realidad encajaba perfectamente con el theatrum sacrum y sobre todo con su momento histórico, independientemente de las restricciones soportadas. No obstante las críticas, para Mozart la música religiosa era su género favorito.
Para el culto común fueron la mayoría de las misas mozartianas, y se le exigía una duración no mayor de 45 minutos, por lo que el coro recitaba rápidamente en muchas ocasiones, evitando repeticiones y deteniéndose en los fragmentos de mayor significación.
Una de las cuatro obras que Mozart compuso a su regreso a Salzburgo, fue la Misa de Coronación, encargo para el festival anual que conmemoraba la Coronación de la Virgen, en 1779. De ahí el nombre de este trabajo que enfatiza los sentimientos gloriosos del pueblo, que celebra una fiesta religiosa en un ambiente casi de feria popular

Ha sido considerada a lo largo de la historia como una obra evolucionada y brillante, de orquestación eminentemente sinfónica y llena de bellas melodías. Merece notarse el Agnus Dei, que reaparecería después en el aria "Dove sono..." en Las bodas de Fígaro, lo que generó que sus obras religiosas se considerasen puramente operísticas.

Sinfonía número 7, en la mayor Opus 92, de Beethoven

Tan sólo cuatro años separan la Sexta sinfonía de esta Séptima. Años que no fueron improductivos con la composición de obras de primera magnitud, como son le Trío del Archiduque, el Concierto para piano “El Emperador”, la sonata “Los adioses” o la música de escena para Egmont y las ruinas de Atenas. Años también, en la vida íntima del músico, de la ruptura con la condesa Teresa von Brunswick y la amistad amorosa con la joven Bettina Brentano. La partitura de la Séptima sinfonía, esbozada probablemente antes de 1811, se acabó en mayo de 1812 y no se presentó al público hasta el 8 de diciembre de 1813, en la Universidad de Viena, bajo la dirección del compositor. Se volvió a tocar el 12 de diciembre con gran éxito (el segundo movimiento fue repetido íntegramente) y así siguió ocurriendo de allí en adelante. La partitura se publicó en 1816 con una dedicatoria al conde Moritz von Fries. Al contrario que en algunas de las sinfonías precedentes (particularmente de la Pastoral), aquí no hay ninguna “intención”, ni siquiera un rasgo de intenciones biográficas. También hay que decir que el nombre de bautismo –“Apoteosis de la danza” –con que Wagner la disfrazó más tarde, está desprovisto de toda justificación.

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Lunes 16
Concierto para violín y orquesta de Beethoven
Sinfonía No. 4 de Tchaikovsky

Plaza Fundadores, 20:30 Hrs.

Concierto para violín y orquesta Opus 61, de Ludwig van Beethoven

Contemporáneo de la Cuarta sinfonía, así como de los tres Cuartetos “Razumowski”, fue escrito para el virtuoso Franz Clement, que lo estrenó el 23 de diciembre de 1806 en el Theater an der Wien. Fue un éxito público, pero la crítica no fue unánime: “¡Falta de coherencia..., aglomeración espesa y deshilvanada de ideas..., alboroto continuo mantenido por algunos instrumentos...!”. La obra fue sin duda compuesta bastante rápidamente, en el año 1806, el de la caída de la ópera Fidelio y el compromiso secreto de Beethoven con Teresa von Brunswick. Es este acontecimiento privado el que parece haber inspirado al músico, y por ello se ha pretendido que el Concierto de violín respira la felicidad de un verdadero poema amoroso. Sin embargo, el dedicatario fue Stephan von Breuning, un amigo de la infancia, violín solista del Theater an der Wien. Beethoven dedicará a su mujer la transcripción de este concierto para piano y orquesta, realizada dos años más tarde.

Sinfonía número 4, en fa menor Opus 36, de Tchaikowsky

Estrenada el 10 de febrero de 1878 en Moscú bajo la dirección de Nikolai Rubinstein. El trabajo sobre esta sinfonía coincide con el comienzo de las relaciones epistolares de Tchaikowsky con Nadjda von Meck. Es a ella (“A mi mejor amigo”) a quien Tchaikowsky ha dedicado la obra. En mayo de 1877 la escribe: “Ahora estoy absorbido por la composición de una sinfonía que he comenzado a escribir este invierno y que quiero dedicaros, por que en ella encontraréis el eco de vuestras ideas y de vuestros sentimientos más profundos”. La composición de la sinfonía alterna con la ópera Eugenio Oneguin, y después fue provisionalmente interrumpida por el funesto matrimonio de Tchaikowsky en julio de ese mismo año. Sin embargo, la partitura fue acabada en los últimos días de 1877. La primera ejecución no tuvo éxito y Tchaikowsky se sintió muy afectado por ello. Pero una ejecución en San Petersburgo el 25 de noviembre de 1878, bajo la dirección de Napravnik, fue un triunfo y el scherzo fue repetido.Una larga carta de Tchaikowsky a la señora von Meck explica detalladamente el contenido de la Cuarta sinfonía. Es esencialmente al compositor a quien dejamos la palabra; los ejemplos musicales son también escogidos por él: “Hay desde luego un programa en nuestra sinfonía, es decir, la posibilidad de explicar verbalmente lo que intenta expresar, y sólo a vos puedo y deseo indicar la significación a la vez del conjunto y del detalle. Naturalmente sólo puedo hacerlo a grandes rasgos”

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Miércoles 18
Ópera Don Carlos, de Verdi

Ópera en 4 actos (1855) - Libreto de Joseph Méry y Camille du Locle,
sobre el poema dramático de Schiller "Don Carlos, Infant von Spanien"

Primer Acto

Primer cuadro: Claustro en el Monasterio de San Justo

En la soledad del claustro los monjes elevan una plegaria implorando perdón para el alma del Emperador Carlos V. El infante Don Carlos viene en busca del sosiego en vano anhelado por su corazón. El joven ama a Isabel de Valois, princesa que le fuera prometida hasta que su padre, Felipe II, al morir su esposa María Tudor, contrajera matrimonio con ella, sellando así la esperada paz entre España y Francia.

Luego de evocar el recuerdo de la amada, Don Carlos cree reconocer en la voz de un monje la voz del Emperador, confirmándose con ello la leyenda popular de que Carlos V por los claustros del convento. Don Rodrigo, marqués de Posa, amigo y confidente del príncipe, enterado de las inquietudes amorosas que desgarran su corazón, le propone que se dirija a Flandes para luchar allí por la causa del pueblo oprimido y olvidar sus penas de amor. Don Carlos acepta el consejo y ambos se prometen eterna lealtad. Poco después pasan Felipe II y su joven esposa. Don Carlos trata de ocultar la emoción que le produce la presencia de la reina. Mientras voces internas imploran desde la capilla, Don Carlos y Rodrigo juran vivir y morir juntos por un idéntico ideal de libertad.

Segundo cuadro : Exterior del Monasterio de San Justo

Las damas de la corte discurren amablemente. Para distraerlas, la Princesa Eboli entona la canción del velo, una leyenda de amor oriental. La reina se reúne luego con sus damas. Llega el marqués de Posa, quien le hace entrega de una carta de Catalina de Médicis, madre de la soberana. Al mismo tiempo le desliza a escondidas una carta de Don Carlos. La reina agradece al marqués su gentileza, circunstancia que el noble aprovecha para interceder en favor del infante.
La reina acepta una cita con el príncipe. Don Carlos suplica a su madrastra que intervenga para que su padre le permita marchar a Flandes. El infante, en un arranque de pasión, confiesa su terrible sufrimiento, lo amargo de su desventura, llegando a estrechar entre sus brazos a la soberana. Aunque ésta ama al infante, apartándose de él, lo increpa severamente. Ante esta reacción, Don Carlos huye desesperado.
Felipe II se presenta de improviso y, al encontrar sola a su esposa, dispone imperiosamente el alejamiento de la Condesa de Aremberg, la dama de honor que debía acompañar en esos momentos a la reina. Isabel, luego de confortar con tiernas palabras a la desdichada dama, se aleja con su séquito. Al quedar solos el rey y Don Rodrigo, este último refiere al monarca las vicisitudes que afligen al pueblo flamenco, pidiéndole libertad de pensamiento y condenando la paz de los sepulcros que la dominación expande por doquier. A pesar de las palabras suplicantes de Rodrigo, el rey agrega que nadie como él conoce el corazón humano. Además hay que cuidarse del Gran Inquisidor... El soberano concluye confiando a Rodrigo la peligrosa misión de indagar cuál es la pena que aflige al infante y la extraña inquietud que ha notado en la reina.

Segundo acto

Primer cuadro: Jardines Reales en Madrid

En el transcurso de una fiesta, la reina afligida se retira y, para que su ausencia pase inadvertida, cambia máscara y manto con la Princesa Eboli. Poco después llega Don Carlos, quien ha recibido un mensaje secreto citándolo en el jardín. Espera ansioso y al presentarse una dama velada, cree que es Isabel y le habla apasionadamente de su amor. Pronto el infante reconoce su error, rechazando desdeñosamente a la Princesa Eboli, la que instantáneamente descubre la pasión y el malentendido que ha inducido al Príncipe a acudir a la cita. Rodrigo, que vigilaba oculto, al oír las amenazas de Eboli, la increpa y trata de atacarla con un puñal. Don Carlos le pide la entrega de cualquier documento importante o secreto sobre los asuntos de Flandes, ya que nadie en esos momentos se atrevería a dudar de él, amigo y confidente del Rey.

Segundo cuadro: Plaza de Nuestra Señora de Atocha en Madrid

El pueblo y un grupo de monjes entonan un cántico, mezcla de alegría y oprobio. Felipe II, seguido por dignatarios y eclesiásticos, viene a presenciar el "auto de fe". A sus pies se inclinan los diputados flamencos implorando por la salvación de su patria. Ante la sorpresa del soberano, Don Carlos afirma que él mismo los ha guiado hasta su presencia.
Para el monarca español, este pacto de rebeldía debe castigarse severamente. Frente al despotismo de su padre, el infante intercede en favor de los peticionantes. El rey, indignado por la osadía del príncipe, ordena que éste sea desarmado. Nadie se atreve a cumplir la orden real; sólo el Marqués de Posa, resueltamente, exige al infante la entrega de su espada. Arrestado Don Carlos, la regia comitiva se apresta a presenciar el "auto de fe". Una voz celestial consuela las almas de los herejes en la hora extrema.

Tercer acto

Primer cuadro: Gabinete del rey en Madrid

Felipe II, absorto en profundas cavilaciones, lamenta que la reina jamás lo haya amado, comprendiendo que ha vivido una quimera desde el momento en que Isabel llegara de Francia.
El rey se ha propuesto condenar a Don Carlos por haber levantado la espada contra él. Se presenta el Gran Inquisidor. Felipe le relata el acto de insubordinación cometido por su hijo.
El Inquisidor agrega poco después que hay en la corte otro personaje mucho más peligroso que el infante: ese hombre es Rodrigo. El monarca no da crédito a la denuncia del Gran Inquisidor. Al salir éste, llega Isabel, a quien acaban de robarle un cofre donde guardaba sus joyas. Felipe le dice que él mismo ha tomado el alhajero para examinarlo y exige a la reina que lo abra en su presencia. Isabel rehúsa, y al hacerlo el rey por su propia mano, encuentra entre las joyas una miniatura con la efigie de Don Carlos. La reina protesta indignada contra la falsa sospecha, y cae desvanecida al ser acusada de faltar a sus deberes de esposa.
Al llamado del rey acuden la princesa Eboli y Rodrigo. Tras unos instantes de vacilación Felipe abandona el gabinete. La princesa, abrumada por los remordimientos, confiesa a la reina que ella ha robado el cofre, agregando además que ha sido la confidente y la amante del rey. Isabel le exige la devolución de la cruz, atributo de su condición de dama de honor, y le impone abandonar la corte para terminar sus días en el exilio o en un convento. Eboli maldice su belleza, causa de tanto infortunio. En su desesperación invoca a la reina, a quien ha sacrificado por su deslealtad, y pensando también en el destino que aguarda al infante, confía aún en poder salvarlo.

Segundo cuadro: Una prisión

Don Carlos se encuentra prisionero por orden de su padre, quien lo ha entregado a la Inquisición. Rodrigo viene a explicarle que expone su vida por salvarlo. El rey lo considera ahora culpable, él es el agitador de Flandes. Carlos quedará libre y él podrá morir. Apenas ha pronunciado estas palabras, suena un disparo; el noble cae mortalmente herido en brazos del infante. Sus últimas palabras son una ardiente súplica por la salvación de Flandes.
Felipe llega para reconciliarse con su hijo, a quien desea devolver la espada. Don Carlos no quiere aceptarla y le descubre que Rodrigo se ha sacrificado por él. El pueblo, que se ha rebelado contra el rey, resuelto a liberar a su príncipe, intenta imponer su arrolladora fuerza. La llegada del Gran Inquisidor salva al rey de la ira del pueblo. Ante su suprema autoridad, los rebeldes se prosternan delante del soberano, implorando piedad.

Cuarto acto

En el monasterio de San Justo

Isabel evoca el recuerdo del Emperador Carlos V. Don Carlos se presenta y con tiernas frases que son a la vez, un himno de esperanza, se despide de su amada antes de partir secretamente para Flandes en cumplimiento de sus ideales de libertad. Esta escena es sorprendida por el rey y el Gran Inquisidor. Este último ordena a los guardias la detención del infante. Don Carlos se defiende, mientras la lucha queda interrumpida por la aparición del misterioso monje. Felipe II reconoce a su padre, el Emperador Carlos V, quien protegiendo a Don Carlos lo sustrae a la intervención de todo poder humano.

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Jueves 19
Las Cuatro Estaciones de Vivaldi
Sinfonía No. 8 de Beethoven

Las Cuatro Estaciones de Vivaldi

Los cuatro conciertos que forman Las Cuatro Estaciones están respectivamente en mi mayor (La Primavera, R. 269), en sol menor (El Verano, R. 315), en fa mayor (El Otoño R. 293) y en fa menor (El Invierno, R. 297) y adoptan todos la estructura tripartita vivo-lento-vivo, más neta en La Primavera y en El Otoño que en El Verano y El invierno. En su prefacio, Vivaldi dice que largo tiempo antes de su aparición, el conde Morzin se había dignado a escuchar Las Cuatro Estaciones con tolerancia. Rápidamente, La Primavera se puso especialmente de moda. En 1728, el Concierto Espiritual la había programado ya tres veces. En 1730, a Marly, Luis XV pidió que se la interpretaran. En 1765, después de la muerte de Vivaldi y cuando ya había caído en el olvido, Corrette realizó un motete para gran coro titulado “Laudate Dominum”, y en 1775 todavía Jean-Jacques Rousseau realizó una transcripción para flauta sola.
Vivaldi supo conciliar los datos descriptivos de la obra con las puras exigencias del músico inventor del concierto clásico. En la edición, cada estación va precedida de un soneto explicativo en italiano, que nos remite a las partes correspondientes de la música. A veces se superponen dos textos. En el movimiento lento de La Primavera, por ejemplo, la parte del violín evoca en un momento dado “al pastor dormido” y la de la viola al “perro que ladra”. En los Movimientos vivos, los detalles pintorescos corresponden a una sucesión de episodios distintos, separados por el retorno periódico de un tema principal confiado a la masa de la orquesta y que expresa el matiz dominante de la pieza (despreocupada alegría de La Primavera, languidez abrumadora de El Verano, danzas para festejar la recolección de El Otoño, temblores de frío de El Invierno), mientras que en los movimientos lentos estos detalles reflejan la simultaneidad de diversos acontecimientos sonoros. El Allegro inicial de La Primavera es un modelo de construcción y de ampliación de los principios del concierto, con sus estribillos (tutti) en número de seis (el último de ellos repitiendo el primero), encuadrando cinco estrofas (soli), de las que la tercera (la del centro) es la más violenta. Igualmente significativas son las tonalidades: luminosidad en mi mayor, dulzura y melancolía en sol menor, rusticidad en fa mayor y desolación en fa menor.

Para alcanzar sus fines, Vivaldi utiliza en Las Cuatro Estaciones los instrumentos de cuerda con dosis de invención y de ingenio sin límites. Enérgicos unísonos traducen los relámpagos y la trompeta del primer movimiento de La Primavera (estrofa central ya evocada), la tormenta y el granizo del último de El Verano. Hay que señalar los efectos de ligereza obtenido por los instrumentos en el agudo (pájaros en La Primavera) o por la supresión de los bajos (Largos de La Primavera); los efectos de espera o de aireación producidos al reducir el acompañamiento a una única nota tenida o a un sencillo contracanto de los bajos (canto del cuclillo al comienzo de El Verano, o el caminar por encima del hielo en el último movimiento de El Invierno); los efectos de medias tintas debidos al empleo de las sordinas (sueño después de la bebida en el Adagio molto de El Otoño); los efectos de las cuerdas rascadas (velada junto al fuego en el Largo de El Invierno), llegando la música a proponer más concretamente una melodía del violín (horas tranquilas junto al fuego) y un acompañamiento realista en pizzicato (la lluvia que cae al exterior). Hay que señalar también las investigaciones armónicas. En el Adagio molto de El Otoño (dulzura del sueño después de abundantes libaciones), el continuo que sólo desgrana las notas de los acordes tenidos por la orquesta; no hay “melodía” y la partida de caza que sigue (final, Allegro) desconcierta por sus cromatismos. En cuanto a la “escena del frío” del comienzo de El Invierno, como en la de El rey Arturo de Purcell, se trata realmente de una verdadera pieza de antología. Al escuchar Las Cuatro Estaciones se impone la verdad de la pintura, pero es la belleza de los sonidos la que nos emociona.

Sinfonía número 8, en fa mayor Opus 93, de Beethoven

Escrita y terminada, en efecto, menos de cinco meses después de la Séptima (el manuscrito lleva la fecha de octubre de 1812), la Octava fue compuesta sin duda en el verano precedente, durante el cual Beethoven residió en la ciudad balneario de Teplitz, en Bohemia. Puede que deba su carácter de sonriente desenvoltura a la inclinación bastante viva que el músico sintió por la cantante berlinesa Amelia Sebald, mujer espiritual y alegre que tenía a Beethoven bajo la influencia de sus encantos. Como la sinfonía precedente, ésta también fue presentada al público vienés (en la Redutensaal) más de un año después de haber sido terminada: el 27 de febrero de 1814. Sólo recibió una acogida moderadamente entusiasta y durante mucho tiempo se la consideró “la pequeña sinfonía” de Beethoven (él mismo acreditó esta denominación, por oposición con la amplitud de la Séptima). Y aún hoy se constata que la Octava Sinfonía no es, ni con mucho, la más tocada. No está dedicada a nadie.

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Sábado 21
Sinfonía No.9 “Coral” de Beethoven

Sinfonía número 9, “con un coro final sobre la Oda a la alegría de Schiller, en re mayor Opus 125, de Beethoven

Parece ser que el proyecto de escribir una sinfonía con coros había obsesionado a menudo el espíritu del Beethoven, mucho antes de la eclosión de esta Novena sinfonía. Hay que recordar que ya en 1797 el músico había pensado concluir con un coro religioso la Sinfonía Pastoral, y que algunas de las figuraciones melódicas de la Novena ya pueden verse en una obra como la Fantasía para piano, orquesta y coros de 1808 (ver más adelante), que puede ser considerada como una especie de boceto. Por otra parte, sabemos que desde 1793 Beethoven había pensado ya en poner música a la Oda a la alegría de Schiller, “verso a verso”, mucho antes que ésta venga a coronar la Novena sinfonía. Finalmente, tampoco es inútil señalar que esta Novena sinfonía, terminada diez años después de la Octava, fue madurada durante mucho tiempo (hay numerosos esbozos realizados durante los años 1817-18) y largamente elaborada. Emprendida hacia verano de 1822, la partitura sólo se acabará en febrero de 1824 (señalamos que inmediatamente antes que ella fue terminada la Misa solemnis, con la cual está emparentado el final de la Novena). El estreno tuvo lugar en Viena el 7 de mayo de 1824, bajo la dirección del compositor, con un considerable éxito. La partitura se publicó en 1826 por la casa Schott, de Maguncia, con esta dedicatoria: “A su Majestad el rey de Prusia Federico Guillermo III”. La copia manuscrita, enviada al soberano, se conserva en la Biblioteca Real de Berlín.

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Domingo 22
Ópera Don Giovanni de W.A. Mozart

Don Juan
(Don Giovanni)

Ópera en dos actos
Divididos cada uno en tres cuadros

Música: Juan Wolfgang Amadeo MOZART
Libreto: Lorenzo da PONTE
Inspirado en la obra “El convidado de piedra”
de Tirso de Molina

Estreno: Praga, 29 octubre 1787

Reparto

DON JUAN, noble sevillano…………………….…… Barítono
DON PEDRO, comendador de Castilla……………... Bajo
ANA, su hija…………………………………………… Soprano
OCTAVIO, su prometido…………………………….. Tenor
ELVIRA ……………………………………………….. Soprano
LEPORELLO, criado de DON JUAN…………………. Bajo
MASETTO, joven campesino…………………………. Bajo
ZERLINA, su novia…………………………………… Soprano

Lugar de la acción: Sevilla
Época: Siglo XVII

Acto Primero

Cuadro Primero

ZAGUÁN del palacio del Comendador. El famoso burlador de mujeres, Don Juan, recién llegado a la capital sevillana, ha emprendido una nueva aventura amorosa, al intentar conquistar a la ingenua Ana. Habiendo conseguido introducirse hasta las habitaciones de la joven, le propone fugarse con él, y al negarse ella a complacerle, trata de raptarla ayudado por su sirviente Leporello. A los gritos de socorro que profiere la violentada doncella, acude su padre, don Pedro, el cual entabla una pelea a espada con Don Juan, de la que resulta mortalmente herido. Éste y su criado emprenden la fuga, mientras Ana hace jurar a su prometido Octavio que vengará el vil asesinato del comendador.

Cuadro Segundo

Posada de los alrededores de Sevilla. En ella se tropieza casualmente Don Juan con su antigua amante Elvira, dama que sedujo y abandonó después. Esta desdichada le echa en cara su vil comportamiento, pero él elude la cuestión escapando y dejando que Leporello se las entienda con ella. El sirviente explica la historia de las mil y una mujeres que su amo ha conquistado y dejado luego, quedando todas perfectamente resignadas. Pero la airada Elvira no se convence con este razonamiento y decide castigar de una vez, por todas sus víctimas, los escarnios de Don Juan. Éste, en tanto, ha encontrado a una alegre partida de campesinos que festejan los esponsales de Masetto y su futura esposa Zerlina. Interesado el burlador por la belleza de la novia, invita a todos a celebrar una fiesta en su palacio, aprovechando la ocasión para declarar su pasión a Zerlina. Elvira escucha el amoroso dueto y decide no perderlos de vista.

Cuadro Tercero

Jardín del palacio de Don Juan. La vengativa Elvira está acechando lo que ocurre en el interior del salón en el cual se organiza un baile. Ana y Octavio, que cubiertos con antifaces merodean también por las proximidades de la casa, se encuentran con ella, y dándose a conocer, explican sus propósitos. Don Juan canta una animada canción, invitando a sus comensales a beber el rico vino que fluye como néctar de una fuente milagrosa. Ana reconoce en aquella voz la del asesino de su padre. Masetto aleja a su novia del barullo de la fiesta trayéndola al jardín, en donde la regaña por sus galanteos con el burlador. Al regresar él al salón y quedar Zerlina sola con Don Juan, éste trata de besarla y llevarla a sus habitaciones, pero a las voces que profiere pidiendo auxilio, acuden Elvira, Ana y Octavio, quienes la libran de las garras del seductor, logrando, no obstante, escapar éste gracias a la destreza de su espada.

Acto Segundo

Cuadro Primero

Callejón contiguo a la casa que habita Elvira. Ésta ha tomado a su servicio a la joven Zerlina, la belleza de la cual atrae a Don Juan. Mientras canta bajo la ventana, la dueña de la casa le contesta haciéndose pasar por su doncella. Pero él la reconoce y, fingiendo un falso arrepentimiento por todos los agravios que le ha inferido, logra convencerla de salir a la obscura callejuela. Entonces se hace substituir por Leporello, en tanto ruega a Zerlina que le abra la cancela. En esto es sorprendido por Masetto y sus amigos. Dándose cuenta de la gravedad de la situación, el astuto burlador reacciona rápidamente ante el peligro, y simulando ser Leporello, se ofrece a sus perseguidores para ayudarles a capturar a su noble señor. Y así, mientras apresan al infeliz criado, creyendo que es Don Juan, éste logra escapar, burlando una vez más la iras justicieras de sus enemigos.

Cuadro Segundo

Recinto de un cementerio en el que se ve la tumba del comendador don Pedro con su estatua en mármol sobre el mausoleo. Al aparecer, en una noche de clara luna, el cínico burlador y su sirviente, de regreso a Sevilla después de una larga ausencia, la blanca escultura cobra vida y les habla. Leporello se horroriza ante el insólito suceso; pero Don Juan, que no teme a muertos ni a vivos, contempla con mirada desafiadora la parlante estatua de su víctima, y tras escuchar con calma sus palabras anunciadoras de un terrible castigo celestial, le invita burlonamente a una cena que va a celebrar aquella misma velada en su palacio.

Cuadro Tercero

Comedor del palacio de Don Juan. Éste se halla compartiendo un alegre banquete que ha ofrecido a unos amigos en celebración de su retorno a Sevilla, a los que relata el extraño hecho acaecido hace pocas horas en el cementerio. Todos se ríen de las amenazas del viejo don Pedro, y para probar el burlador que no las teme y no ha olvidado la cínica invitación que ha hecho a la estatua, hace colocar una silla vacante y servir comida en un plato, por si decide asistir a la cena. Después de proferir sus sacrílegos sarcasmos, todas las luces se extinguen y, envuelto en un tétrico resplandor, aparece a través del tabique la figura del difunto don Pedro. Todos los corazones se sobrecogen de espanto. El comendador avanza lentamente en medio de los aterrados comensales, y colocando sus frías y marmóreas manos sobre los hombros de Don Juan, le dice con voz cavernosa que ha sonado su hora. Sin que el atemorizado burlador oponga resistencia, lo arrastra fuera de la estancia para conducirlo hacia las regiones infernales, en donde está condenado a expiar todos sus crímenes y pecados.

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