| Programa general | Teatro Degollado |

“Gala Vienesa”
Orquesta Filarmónica de Jalisco


Viernes 3 de junio, Teatro Degollado
Hora: 20:30 Hrs.

PROGRAMA

Obertura “Rosamunde” Franz Schubert

Concierto para piano y orquesta No.20 K. 466 de W.A. Mozart
I.- Allegro
II.- Romance
III.- Allegro assai

Intermedio

Obertura “Zigeunerbaron”, Johann Strauss II
Polca “Annen” Op. 117, Johann Strauss II
Polca “Elyen a magyar”, Johann Strauss II
Valse “Wein, Weib und Gesang”, Johann Strauss II
Polca “Tritsch Tratsch” Op. 214, Johann Strauss II
Marcha “Ägyptischer” Op 335, Johann Strauss II
Polca “Pizzicato” Johann Strauss II & Josef Strauss
Valse “Danubio Azul” Op. 314 Johann Strauss II

Orquesta Filarmónica de Jalisco (México)
Manfred Mayerhofer, director invitado (Austria)
Christopher Hinterhuber, piano (Austria )

Orquesta Filarmónica de Jalisco

Por iniciativa del Maestro José Rolón, en el año de 1915, un grupo de músicos jaliscienses comenzó a ofrecer al público de Guadalajara, audiciones de cámara y sinfónicas, estableciendo el punto de partida para la que , en el futuro, sería la Orquesta Sinfónica de Guadalajara. Entre 1915-1924, la Orquesta fue manejada por la Sociedad de Conciertos, que funcionaba mediante una mesa directiva, recibiendo apoyo económico de la iniciativa privada y una subvención del Gobierno Estatal; esta fue suspendida en 1923, resultando en la disolución del organismo. Los músicos, sin embargo, siguieron trabajando para impedir que la Orquesta desapareciera, y lograron que el Gobernador José Guadalupe Zuno brindara apoyo económico; debe mencionarse la dedicación que Don Pedro González Peña tuvo para la Orquesta, hasta el 1939.

En febrero de 1942, cuando Guadalajara celebraba el 4º centenario de su fundación, paseaba por la ciudad el Maestro. Leslie Hodge , quien escuchó interpretar varias piezas clásicas a algunos músicos, se les acercó con ánimo de conocerlos y al tiempo los alentó a formar una orquesta. Se le invitó a organizarla y dirigirla. Sus compromisos se lo impedían en ese momento, pero prometió venir una vez concluida la Segunda Guerra. Así la Asociación de Amigos de la Música solicitó al Gobernador Marcelino García Barragán que garantizara la permanencia de la orquesta, en vista del ofrecimiento del Maestro Hodge, quien se convirtió el primer director de la Orquesta Sinfónica de Guadalajara. Este patrocinio se mantuvo hasta 1950, en el que se formó Conciertos Guadalajara A.C., que se encargó de la Orquesta Sinfónica de Guadalajara con subvenciones económicas de los gobiernos estatal y municipal, así como de la iniciativa privada.

En 1971 la Orquesta Sinfónica de Guadalajara pasó a ser un organismo del Departamento de Bellas Artes del Estado de Jalisco, que desde entonces la manejó artística y económicamente.
Reconocida como una orquesta dúctil y de versatilidad por los directores que trabajaron con ella, la Orquesta Sinfónica de Guadalajara tuvo un promedio de 60 presentaciones al año, entre conciertos, ópera y ballet, dirigida por figuras como Leslie Hodge, Abel Eisemberg, Helmut Goldman, Eduardo Mata, Kenneth Klein, Hugo Jan Huss, Francisco Orozco, Manuel de Elías, José Guadalupe Flores, Guillermo Salvador y Luis Herrera de la Fuente. Participaron como solistas Paul Badura-Skoda, Claudio Arrau, Jörg Demus, Henryk Szeryng, Plácido Domingo, Alfred Brendel, Bernard Flavigny, Jean Pierre Rampal y Narciso Yepez, entre otros.

En 1988 la Orquesta Sinfónica de Guadalajara cambia de nombre, con lo que nace la Filarmónica de Jalisco. La intención era que su utilidad sinfónica se extendiera a todo el Estado. Esta organización ha sido integrada en base a una estricta audición de atrilistas aspirantes, cuya selección garantiza la homogeneidad sonora del rendimiento técnico de sus miembros. Esto nos permite considerar que la Orquesta Filarmónica de Jalisco pueda afrontar con gallardía y decoro todo tipo de repertorio, incluidas las obras más ambiciosas de los últimos años. Desde Mayo de 2004 el maestro Héctor Guzmán es el nuevo titular de la Orquesta Filarmónica de Jalisco.

Manfred Mayerhofer
Director invitado

Manfred Mayerhofer empezó su formación musical estudiando violín, piano y composición en el Conservatorio Bruckner de Linz, Austria, para seguir en el Conservatorio Nacional (hoy Universidad de Música) de Viena (Austria) con el profesor Swarowski, y terminándolos con el diploma de director de orquesta.
Fue contratado en seguida por el Teatro Municipal de Klagenfurt (Austria), como director del coro y director de orquesta.
Después de ejercer la función de segundo director de orquesta en el Teatro Municipal de Heidelberg (Alemania), fue 1o. director de orquesta y asistente del director musical del Musiktheater im Revier, en Gelsenkirchen (Alemania).
De 1985 a 1992, fue nombrado director de la Ópera de Linz, Austria y Director Musical de la Orquesta Bruckner de Linz. En 1992 aceptó el cargo de director de orquesta de la Volksoper de Viena, bajo la dirección de Joan Holender, y en 1996 se hizo director de orquesta de la Ópera de Colonia, Alemania, con la que se presentó en funciones de repertorio, estrenos y conciertos.

En 1999 decidió hacerse independiente y trabajar en distintas grandes óperas y con importantes orquestas. El mismo año dirigió el reestreno de "La Flauta Mágica" de Mozart en la Ópera Nacional de Hamburgo, y en 2000 hizo su debut con la misma obra en la Ópera Nacional de Stuttgart. En 2001 volvió a la Ópera de Hamburgo, para dirigir "Le Nozze di Figaro" de Mozart ; fue reinvitado por la Ópera Nacional de Stuttgart, para encargarse la dirección musical de la nueva producción de "El Caballero de la Rosa", de Richard Strauss, y se presentó por primera vez en la Deutsche Oper de Berlin con "Le Nozze de Figaro". En 2002 dirigió la orquesta de la Ópera de Oslo, Noruega y reestrenó en Stuttgart "El Murciélago", de Johann Strauss. En 2003 volvió a la Ópera de Oslo, para dirigir la opereta "La viuda alegre".

En los mismos años fue invitado a trabajar en las óperas de Filadelfia, Dusseldorf, Bonn, Wiesbaden, Braunschweig y otras.
En la temporada actual se presentará por primera vez en la Ópera de Dresden, y en la Deutsche Oper de Berlín dirigirá el reestreno de "Le Nozze de Figaro".
Durante todos estos años Manfred Mayerhofer no dejó de presentarse con las grandes orquestas sinfónicas europeas y estadounidenses, dirigiendo todas las obras importantes de la literatura sinfónica clásica y moderna.

 

Christopher Hinterhuber
Pianista

Cristopher Hinterhuber vio la primera luz un día de 1973 en Klagenfurt, Austria, y estudió piano con los famosos maestros Axel Papenberg, Rudolf Kehrer y Heinz Medjimorec, en la Universidad para la Música y las Artes Interpretativas, en Viena. En el año 2000 obtuvo su maestría en piano, acumulando el máximo de puntos con una ejecución de las Variaciones de Goldberg.
Adquirió impulso artístico adicional, de las enseñanzas que le brindaron Lazar Berman, Alexander Lonquich y Luis Lortie, en la Academia Pianística de Imola, Italia, así como de Oleg Maisenberg y Avo Kouyoumdjian (música de cámara) y sus asistencia a las clases de maestría ofrecidas por Murray Perahia y Dimitri Bashkirov.
Desde temprana edad comenzó a recibir numerosos premios y galardones, siendo los máximos en competencias internacionales “Cittá di Sennigallia” (Italia), “Johann Sebastian Bach” en Lepzig (Alemania), incluyendo un premio especial por la mejor interpretación de un Concierto de Mozart; “J. S. Bach” en Saarbrücken; en la Competencia de Piano Unisa en Pretoria, Sudáfrica; el “Premio Schumann” de la Competencia Geza Anda celebrada en Zurich en el año 2000, y el segundo premio y el especial “Klemens-Kramert” en la Undécima Competencia Internacional Beethoven, que tuvo lugar en Viena en 2001.
Hinterhuber ha sido solista bajo la batuta de conductores de la categoría de Vladimir Ashkenazy, Yokov Kreizberg, Dennis Russel-Davies y Bruno Weil; acompañado por la Radio Symphony Orchestra de Viena, la Janácek Philharmonic Orchesta de Ostrava, la Kaertner Symphony Orchestra, la Winterthurer Stadtorchester, la Zürcher Kammerorchester, la Camerata Carinthia, la Orquesta Franco Ferrara di Roma, la New Zealand Symphony Orchestra, la New Arts Philharmonia Orchestra y la Tonkünsler Orchestra de Austria.

Ha ofrecido recitales como solista y de música de cámara en salones de conciertos tales como Konzerthaus y Musikverein, Brucknerhaus, en Linz; Mozarteum en Salzburgo; Haydn, en Schlob Esterhazy, y la Gewand Haus, así como en el Casals Hall, en Tokio.
Debutó como concertista con orquesta (Concierto Segundo, de Rachmaninov) en el Grober Musikvereinssaal, en Viena, en marzo de 1999. Desde entonces ha sido invitado a los más prestigiosos festivales, como el Carinthian Summer, en Ossiach; la Schubertiade, en Schwarzenberg; el Festival de Mozart, en Augsburgo; el Festival Al-Bustan, en Beirjugt; el Mondsee-Festival y el Festival Internacional de Música de Cámara, que tuvo su sede en Tokio.
En temporada reciente, Hinterhuber y la violinista Patricia Kopatschinskaja fueron invitados en calidad de “Estrellas que Emergen” a una larga gira de conciertos: Carnegie Hall, de Nueva York; Athens Concert Hall, Palais des Beaux Arts, de Bruselas; Concertgebouw, de Amsterdam; Wigmore Hall, London; Konserthus, Estocolmo; Festspielhaus Badeb-Baden; Symphony Hall Birmingham; Musikverein Wien, Mozarteum Salzburg y Philharmonie, en Colonia.
Sus próximos compromisos para 2004-05 incluyen recitales como solista en el Festival de Viena, así como con la Tonkünstler Orchestra, la Classical Philharmonics de Bonn, la Slovenian Philharmonics y muchas otras.
Varias presentaciones para ORF, SWR, DRS2 Suiza y dos grabaciones en CD, confirman su sobresaliente rango entre la generación de los más jóvenes artistas de Austria.

Notas al programa:

“Rosamunda”, obertura y música para la escena (Opus 26, D. 797), Schubert

Schubert fue durante toda su vida un compositor de ópera frustrado. La fama que adquirió gracias a sus lieder y a sus obras para piano dentro de un círculo de conocedores, no podía compararse a la que hubiera podido obtener gracias a algún éxito en el teatro lírico. Cuando en 1821 Weber, con Der Freischütz, consiguió sacar de su estancamiento a la ópera alemana, Schubert tenía ya en su activo trece tentativas, algunas de ellas inacabadas.
El 20 de diciembre de 1823 tuvo lugar en el Theater an der Wien la primera representación de Rosamunda, princesa de Chipre, drama romántico de Helmina von Chezy. Algunas semanas antes, Schubert había acabado una de sus más ambiciosas empresas, su ópera Fierabrás y el ciclo de canciones de La bella molinera, inolvidables melodías que aún hoy en día conocen una justificada popularidad, mientras que su ópera, nunca llegada a representar mientras vivía el autor, sólo fue una decepción suplementaria. Si Schubert aceptó el escribir la música para la escena que debía acompañar la obra de aquella que su amigo von Schwind llamaba “la temible poetisa” (la señora von Chezy era también la autora del libreto de Euryanthe de Weber, cuyo estreno vienés tuvo lugar el 25 de octubre anterior sin lograr un gran éxito), fue ante todo para complacer a otro de sus amigos, Joseph Kulpelwieser, deseoso de ofrecer un papel importante a una de sus protegidas. El mediocre drama, desgraciadamente, sólo fue interpretado dos noches, pero la música recibió una calurosa acogida. Diez números, de los cuales cuatro incluyen la voz, precedidos tradicionalmente en nuestros días por la obertura de El arpa encantada (puesto que el compositor no había previsto nada que pudiera darse en su lugar), que no han perdido nada de su frescura y algunos de los cuales figuran regularmente en las carteleras de concierto.

Los conciertos de Wolfgang Amadeus Mozart

Cuando Mozart compuso a los diecisiete años su primer concierto “original” para piano y orquesta, se sacrificó a un género que tenía ya medio siglo y que estaba repartido entre tres escuelas: la de Alemania del Norte, sobre la que reinaba Carl Philipp Emanuel Bach y que atribuía al solista y a la orquesta un papel equivalente; y las de Viena y Londres, cuyos portavoces eran Wagenseil y Johann-Christian Bach, que daban preferencia al instrumento principal.
Al contrario que los compositores “galantes”, que no dudaron en desterrar de sus composiciones todo movimiento lento, juzgado demasiado serio, Mozart adoptará, por regla general, una estructura tripartita: un primer movimiento en forma de sonata exposición/desarrollo/reexposición, estando concebido el desarrollo como una transición antes de la relación de la tensión propia del final; un movimiento lento, andante, andantino, romanza, la mayor parte de las veces en la subdominante, que ofrecía todas las gamas posibles de expresión, desde lo elegíaco a lo trágico; y un final, corrientemente rondó, en la tradición del rondeau francés con estrofas y estribillos, cuya alegría permite al solista mostrar sus dotes como virtuoso.
Más numerosos que en cualquier otro compositor de su envergadura, los conciertos para piano van a acompañar a Mozart a todo lo largo de su carrera, y son de una variedad y una riqueza que van a constituir un ejemplo en la historia de la música y van a ser los padres del concierto moderno. Fue, como es lógico, su intérprete, lo que explica mejor que nada el que hiciera de ellos el espejo de sus más íntimas aspiraciones.

Concierto número 20, en re menor (K 466)

El concierto No. 20 es uno de los más conocidos e interpretados de toda la producción mozartiana, terminado el 10 de febrero de 1785. Mozart se encontraba entonces en la cima de su gloria como compositor y como virtuoso, y como tal estaba obligado a crear sin cesar nuevas composiciones. El día en que el maestro dio el último toque a esta nueva obra, llegaba su padre a Viena. El 14 de febrero Leopoldo escribe a su hija: “El día de mi llegada hemos ido al primer concierto por suscripción... Además de las sinfonías, una cantante de teatro italiana ha cantado dos arias y después ha habido un excelente concierto de piano, sobre el que aún trabajaba el copista cuando llegamos y del que tu hermano no había tenido tiempo de componer el rondó por que debía revisar la copia”. Poco tiempo después, Haydn declaraba a Leopoldo: “...Vuestro hijo es el compositor más grande que conozco”. Es innegable que esta obra abre nuevas perspectivas en la evolución estética del compositor: la elección de la tonalidad, muy dramática (la misma que la de la obertura de Don Giovanni), la valoración de las riquezas ofrecidas por la orquesta y el sentimiento de grandeza trágica, que oprime al auditorio desde los primeros compases, bastan para probarlo.

1.- Allegro (en re menor, compás de 4/4): un largo tutti orquestal da el tono desde el comienzo al afirmar con vehemencia su individualidad y volver la espalda a los dos temas melódicos habituales. La alternancia piano/forte nada tiene que ver con las convenciones del estilo galante. Es un drama lo que se está dibujando, sobre un ritmo sincopado y siguiendo un movimiento ascendente hasta el ritornello, que mantiene la atmósfera febril del comienzo antes de que aparezca una última idea, más tranquilizadora, en los violines. El solista entra con un nuevo motivo, pero el tema principal vuelve enseguida de mano de la orquesta, que se une al piano en un largo de semicorcheas.

Cuando vuelve el segundo tema, el solista se atribuye lo que antes pertenecía a la flauta, y después expone una melodía especialmente cantábile en la tonalidad relativa de fa. La atmósfera brumosa se disipa sin que cese la tensión ni el juego continuo entre la orquesta y el solista, que multiplica sus intervenciones virtuosísticas, arpegios y escalas, pero sin caer nunca en el puro virtuosismo. Un recuerdo de dos pasajes ya escuchados precede al desarrollo, en el cual el solista repite tres veces su tema de entrada en diferente tonalidad (fa mayor, sol menor, mi bemol), antes de lanzarse sobre nuevos pasajes de virtuosismo subrayados por la orquesta con los ecos del ritmo inicial. Las mismas relaciones dramáticas entre los dos protagonistas se prosiguen después de la llegada a la recapitulación: el diálogo se hace aún más cerrado y el piano interviene cuando aún no se ha terminado el tutti; toma del segundo tema lo que pertenecía a la flauta, y superpone en el pasaje siguiente un canto diferente antes de devolver su propio tema en la tonalidad principal. Después de la cadenza libre (Mozart no compuso para este concierto, pero existe una del joven Beethoven), el tutti final echa el telón sin remisión

2.- Romanza (en si bemol, compás de 2/2): ¿Podemos imaginarnos un contraste más maravilloso con el movimiento anterior que esta primera romanza mozartiana, esta soñadora melodía suspendida en el tiempo, murmurada primero por el piano y seguidamente por la orquesta?

3.- Rondó (Allegro assai en re menor, compás de 2/2): Contraste, de nuevo con este último movimiento (uno de los raros rondós en menor escritos por Mozart) que explota otra vez la forma sonata y cuya atmósfera enfebrecida no se disipa hasta llegar a los últimos compases. El solista expone el tema impetuosamente. La orquesta lo repite, le trata en imitaciones y añade un largo ritornello. El primer intermedio comienza con un nuevo canto del piano solo, pero el tema inicial vuelve rápidamente, primero seguido de un nuevo pasaje en fa menor al que acompañan los instrumentos de viento y el cuarteto y, después de una cadencia en fa, de un motivo conclusivo, cantado por los instrumentos de viento y repetido por el piano, al que la tonalidad de fa mayor aporta un poco de descanso. Vuelve el estribillo y le sigue el segundo intermedio, que desarrollará los diferentes elementos que ya hemos oído. El pianista repite el comienzo de su primer solo, después el tema inicial, en la menor, con sus volubles rasgos, y seguidamente dialoga con el contrapunto a que se dedican la flauta y el fagot; vuelve a tomar entonces el tema de su primer intermedio en sol menor y reaparece la melodía en fa menor, que igual que el motivo en fa mayor no tiene nada de alegre. Una vigorosa intervención de la orquesta precede a la cadenza libre antes de llegar a un recuerdo del tema inicial y otro calderón, último artificio dramático antes de que él oboe haga resonar el motivo conclusivo en re mayor, seguido por el piano. Y son los últimos compases, llenos de alegría, de viveza, los que disipan definitivamente las brumas, pese a que el último acorde, cuando menos , sea curioso (re/do sostenido).

Johann Strauss (padre)

Nació en Viena el 14 de marzo de 1804; muerto en esta misma ciudad el 25 de septiembre de 1849 . Johann Strauss padre debutó con su amigo Josef Lanner en un cuarteto que tocaba en la famosa cervecería Sperl. Poco a poco fundó su propia orquesta, con la que recorrió medio mundo, y en 1846 fue nombrado director de baile de la corte de Austria en Schönbrunn. Es a él – a quien se dio el nombre de “rey del vals” (de los que compuso más de ciento cincuenta, así como también un buen número de polkas, galops, contradanzas, marchas, etc)- a quien se debe la ilustre “Marcha Radetzky”, que puede casi considerarse como un segundo himno nacional austríaco.

 

 

 

Johann Strauss (hijo)

Nació y muerto también en Viena (25 de octubre de 1825-3 de junio de 1899), su hijo Johann decidió, pese a la oposición familiar, fundar su propia orquesta, convirtiéndose así en el rival de su padre. En 1848 fue nombrado director de la música municipal de Viena y a la muerte de Strauss padre reunió las dos orquestas, que su hermano Josef tomó a su cargo en 1853. En 1863, Johann Strauss hijo fue nombrado a su vez director de baile de la corte y decidió dedicarse solamente a la composición, ocupándose sus hermanos, a partir de ese momento, de la orquesta. Muy estimado por numerosos músicos –Liszt, Wagner, Brahms y más tarde Ravel, que le rindió homenaje en su célebre obra La Valse -, Strauss se impuso al deber de dedicarse a un género muy especial, la opereta (escribiendo una quincena, entre las que se encuentran las inmortales “El Murciélago” y “El Barón gitano”), al tiempo que continuaba su producción de música llamada “ligera” (más de ciento setenta valses, ochenta contradanzas, ciento cuarenta polkas...). Se tiene tendencia a atribuir al hijo las obras del padre. Sin embargo, es el hijo el que dio definitivamente al vals sinfónico sus cartas de nobleza, yendo más allá del cuadro de la música de baile, hasta llegar a composiciones de una envergadura y un encanto inexpresable, al tiempo que de una sólida y bella factura.

| Programa general | Teatro Degollado |