| Programa General | Lagos de Moreno |

Centro Herbert von Karajan de Viena
Fundación Jesús Alvarez del Castillo .V
Presentan:

Ciclo Karajan
Proyección de video
en megapantalla

Lunes 23 de mayo, Rinconada de las Capuchinas,
Lagos de Moreno
Hora: 21:00 Hrs.

La batuta experta que transformó el mundo de la música
Por Sergio Alejandro Matos

Analiza la música con microscópica meticulosidad, pero detrás de esa mente se esconden unos instintos que lo envuelven todo en unos velos de embrujo y de pasión. Esto explica la extraña incoherencia de sus expresiones, la perspicacia, el refinamiento incisivo y el encanto de ensueño de sus versiones. Siempre deslumbra su colorido. Herbert von Karajan es sin duda un producto típico de la civilización reinante en las grandes urbes.

De la vida privada de Karajan se cuentan rasgos que cuadran perfectamente con esta imagen. Le apasionan los coches. No le gusta que le retraten ante el atril, pero sí en un nuevo coche suyo. Su sueño era poseer un Jaguar de 100 HP. Se aficiona a los problemas técnicos. Era además, un deportista entusiasta y lo que más prefería era esquiar, llenándole de orgullo su título de mejor esquiador del Tirol. Practicó el deporte con temeridad. En una entrevista, Paula von Reznicek consigna la afición de Karajan a las largas excursiones, en las que nadie puede o quiere acompañarle y que le llevan a refugios perdidos en la soledad.

Karajan fue uno de los directores que ensayaban con mayor ahínco. Nunca le parecieron los ensayos largos, ni tampoco suficientes. Jamás se detuvo sin haber perfilado los últimos detalles. Fue puliendo sin cesar, para aproximarse a la imagen ideal en que se formó de la obra. No dejaba al azar nada del concierto. Pero también hay opiniones contradictorias en esto. No se puede negar que las orquestas mejoran entre las manos de tan brillante preparador. Crecen en virtuosismo y limpieza, y aumenta la belleza sonora, como lo demostró su orquesta titular: la Filarmónica de Berlín.

A propósito de Karajan, debemos decir algunas palabras sobre el hecho de dirigir de memoria. En el año 1816, las salas de concierto vienesas presenciaron un espectáculo sensacional: cierto violinista, caído hoy en el olvido, tocó de memoria una composición, y esto parecía algo completamente nuevo. Pero la costumbre se extendió con rapidez. Por todas partes Paganini y Liszt habían tocado siempre de memoria, lo cual contribuyó no poco al entusiasmo del público. También había causado gran sorpresa que Hans von Bülow tocase de memoria las 32 sonatas de Beethoven.

El dirigir de memoria causaba admiración porque era algo nuevo, e hizo escuela porque causaba admiración. Hoy día, casi se hace sospechoso el director que hojee la partitura dirigiendo una sinfonía de Beethoven. Por otra parte, si la partitura sirve de ayuda para la memoria, no se debe prescindir de ella por una mera cuestión de moda. En general, el dirigir de memoria da una seguridad mucho mayor en la realización de las obras y en las relaciones con la orquesta, habiendo contribuido a perfeccionar la técnica de la dirección. Ya no es posible hoy, ni en teatros de provincia, el tipo del director-semáforo, con la cabeza metido en la partitura, y no se debe juzgar ligeramente a los que dirigen de memoria.

En las últimas décadas se ha propagado muchísimo tal forma de dirigir. Y de memoria lo hacen muchos jóvenes directores de orquesta, incluso cuando dan primeras audiciones de las obras modernas más difíciles. Toman como modelo a Toscanini. Parece ser que éste se ve obligado a dirigir de memoria por su mala vista; pero tal artista es una excepción. Por estar fuera de todas las normas, no puede servir de medida. Lo que él consigue hacer no se halla al alcance de otros.

A fuerza del ejercicio, la técnica de la memoria musical se ha perfeccionado en proporciones nunca sospechadas. De igual modo que algunos actores han estudiado quinientos papeles durante su vida, también algunos directores pueden dirigir de memoria el mismo número de obras. Adquieren la técnica de retener en la memoria una partitura después de leerla una o dos veces. Algunos la recuerdan tan sólo por poco tiempo; más otros la recuerdan durante toda la vida.

Claro que esto requiere de musicalidad, intensidad, sensibilidad y vigor.

Herbert von Karajan concedió gran importancia a dirigir de memoria, haciéndolo así aun tratándose de obras extensísimas (de hasta cuatro horas), como los dramas líricos de Wagner.

Heribert Ritter von Karajan, mejor conocido como Herbert von Karajan, nació en Salzburgo el 5 de abril de 1908. Comienza estudios de piano en 1912 y trabaja en el Mozarteum, al mismo tiempo que atiende clases en el Liceo de su ciudad. El director Bernhard Paumgarter lo encamina hacia la Escuela de Música de Viena donde se hace alumno del célebre Fraz Schalk. Debuta como director en 1927 con "Fidelio" de Beethoven, en Salzburgo. Compromisos profesionales lo llevan a Aquisgrán de 1935 a 1941, siendo el más joven director en Alemania.

En 1937 hace su debut en la Ópera de Viena y al año siguiente en Berlín. Graba sus primeros discos a finales de los años treinta, y durante la ocupación alemana dirige con frecuencia la Ópera de París. En 1946 comienza su colaboración con la Filarmónica de Viena, pero su adhesión al Partido Nazi durante los años de guerra le trae consecuencias, cancelaciones y enemistades que interrumpen varias veces su carrera. En 1948 comienzan sus presentaciones en el Festival de Salzburgo y al año siguiente trabaja en la Scala de Milán, plaza que visitará a lo largo de los años cincuenta en legendarias representaciones. Le nombran al frente de diversos festivales europeos y forja una alianza artística con Walter Legge y la Orquesta Filarmónica de Londres, donde inicia una serie de grabaciones innovadoras. En 1951 aparece en Bayreuth, a la muerte de Wilhelm Furtwängler, es nombrado director musical vitalicio de la Filarmónica de Berlín. Se le nombra en Viena a cargo de la Ópera, donde realiza sus deseos por varios años hasta que renuncia cuando no le cumplen sus condiciones. Comienza producciones operísticas para el cine y funda su propia empresa para ese propósito. En 1967 funda el Festival de Pascua de Salzburgo, además de concursos internacionales para jóvenes directores y otro para orquestas. Se le ofrece la Orquesta de París y reanuda sus actividades en Viena.

Funda otra empresa llamada "Telemondial", con la que filma lo mejor de su repertorio. Un problema de descalcificación de la médula espinal le impide caminar, hasta que una operación en 1983 le permite volver a caminar con cierta normalidad. Amado o detestado, Karajan es indiscutible figura señera de la dirección de orquesta en el siglo XX. Su perfecto conocimiento de los instrumentos y sus posibilidades, aunados a su exigencia y tenacidad, le permitieron elevar a la Filarmónica de Berlín a niveles de excelencia que ninguna orquesta había alcanzado antes. Sus interpretaciones demuestran de igual manera la evolución de una de las mentes musicalmente más avanzadas de este siglo. Karajan murió el 16 de julio de 1989.

Lunes 23 de mayo
Concierto para piano y orquesta No.1, de Tchaikowsky
Sinfonía No.9, de Dvorak

 

Concierto para Piano y Orquesta Número 1, en Si bemol menor, Opus 23, de Tchaikovsky

Estrenado en Boston el 25 de octubre de 1875 por Hans von Bülow bajo la dirección de Jonson Lang. Buen pianista en su juventud, Tchaikovski no llegó a ser concertista. Sus conciertos para piano, sobre todo el primero, constituyen el lazo de unión entre los de Liszt y Anton Rubinstein y los de Rachmaninov. La riqueza de los procedimientos técnicos puede hacernos creer que Tchaikovski era un virtuoso y que los había escrito para él. Al terminar la obra, sin embargo, el músico se dirigió a Nikolai Rubinstein para pedir que le dijera si la partitura era interpetable y sólo consiguió unas violentas críticas. Pero Rubinstein cambió de parecer a continuación y se convirtió en uno de los mejores ejecutantes del “Primer concierto”, que tocó en los Conciertos Rusos de la Exposición Universal de París en 1878. Sinfonismo, virtuosismo, elementos de folklore y danza se completan en este fresco, que comparten un dinamismo intenso y un generoso lirismo. Aun cuando este “Primer concierto” cuente con detractores, que lo juzgan demasiado enfático, no se puede negar ni la riqueza ni la cualidad de su factura.

1.- Allegro non troppo e molto maestoso: El comienzo es una vasta y brillante introducción que podría ser un micromovimiento por sí misma, ya que tiene una exposición, un desarrollo y una repetición. Ritmada por los acordes del piano, el tema es expuesto por la orquesta:

Es desarrollado en una cadencia recorrida por pasajes brillantes y después repetido con un acompañamiento pianístico más denso. Después de volver a la tranquilidad, llega la parte principal Allegro con spirito, basada en tres temas. El primero en octavas anhelantes del piano, está tomado del folklore ucraniano; el segundo, en las maderas, se eleva como una queja; el tercero, en la cuerda, es un murmullo lírico de ricas armonías. En el desarrollo, la orquesta y el piano se oponen unas veces, igualados en la densidad sonora de una sinfonía, o dialogan con sutiles matices.
La cadenza hace resaltar especialmente el registro agudo del piano.

2.- Andantino semplice: El tema, expuesto en la flauta, en re bemol mayor, recuerda ciertas melodías de Chopin. La textura sonora es de una gran finura, con una parte pianística que se organiza enseguida en staccatos de acordes ligeros. La parte central, Prestíssimo, es de un dinamismo deslumbrante, pero desprovista de dramatismo. Tchaikovski cita en ella el tema de una cancioncilla francesa “Il faut s´amuser, danser et rire” (“Hay que divertirse, reír y danzar”).

3.- Allegro con fuoco: El final podría ser un cuadro coreográfico que participará de la danza popular y del ballet clásico. También es una canción ucraniana la que ha sido tomada para el primer tema, alegremente saltarín, cuyo desarrollo, pasando del solista a la orquesta, alterna con el de una melodía que prefigura algunas páginas de “La bella durmiente del bosque”.

Sinfonía número 9, en mi menor “Del Nuevo Mundo” Opus 95, de Dvorak

Estrenada el 15 de diciembre de 1893 en el Carnegie Hall de Nueva York, bajo la dirección de Antón Seidl, es la gran obra americana de Dvorak. Escrita entre los meses de enero y mayo de 1893, su ejecución fue un inmenso éxito. Cronológicamente se sitúa entre el Te Deum y el Cuarteto de cuerda en fa mayor. Aunque conserva un carácter personal bien reconocible en algunos temas, en la armonía y en la orquestación Dvorak adapta en ella con notable homogeneidad elementos melódicos americanos; o más exactamente, imitados de éstos, ya que no utiliza ningún tema preexistente, aunque después se hayan querido encontrar parecidos retrospectivos. De hecho, emplea fórmulas típicas, como el ritmo punteado y las síncopas y ciertos modos (pentatónicos y menores naturales): “Yo sólo he escrito los temas, amoldándoles a las particularidades de la música de los negros o de los pieles rojas, y sirviéndome de estos temas como sujeto, los he desarrollado por medio de los recursos del ritmo, de la armonía, del contrapunto y de los colores de la orquesta moderna”, declaró el compositor. Para la inspiración general, las nuevas impresiones fueron indudablemente definitivas, especialmente las lecturas de Longfellow, pero también es verdad que esta sinfonía nunca hubiera sido escrita si Dvorak no hubiera estado en Estados Unidos, lo que no impide para que pertenezca más o menos, a partes iguales, al Nuevo Mundo y a la Europa Central. Fue publicada por Simrock como la número 5. La correción de las pruebas fue efectuada por Brahms.

| Programa General | Lagos de Moreno |