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Centro Herbert von Karajan de Viena
Fundación Jesús Alvarez del Castillo .V
Presentan:

Ciclo Karajan
Proyección de video
en megapantalla

Miércoles 25 y jueves 26 de mayo, Ocotlán
(Plaza principal)
Hora: 21:00 Hrs.

La batuta experta que transformó el mundo de la música
Por Sergio Alejandro Matos

Analiza la música con microscópica meticulosidad, pero detrás de esa mente se esconden unos instintos que lo envuelven todo en unos velos de embrujo y de pasión. Esto explica la extraña incoherencia de sus expresiones, la perspicacia, el refinamiento incisivo y el encanto de ensueño de sus versiones. Siempre deslumbra su colorido. Herbert von Karajan es sin duda un producto típico de la civilización reinante en las grandes urbes.

De la vida privada de Karajan se cuentan rasgos que cuadran perfectamente con esta imagen. Le apasionan los coches. No le gusta que le retraten ante el atril, pero sí en un nuevo coche suyo. Su sueño era poseer un Jaguar de 100 HP. Se aficiona a los problemas técnicos. Era además, un deportista entusiasta y lo que más prefería era esquiar, llenándole de orgullo su título de mejor esquiador del Tirol. Practicó el deporte con temeridad. En una entrevista, Paula von Reznicek consigna la afición de Karajan a las largas excursiones, en las que nadie puede o quiere acompañarle y que le llevan a refugios perdidos en la soledad.

Karajan fue uno de los directores que ensayaban con mayor ahínco. Nunca le parecieron los ensayos largos, ni tampoco suficientes. Jamás se detuvo sin haber perfilado los últimos detalles. Fue puliendo sin cesar, para aproximarse a la imagen ideal en que se formó de la obra. No dejaba al azar nada del concierto. Pero también hay opiniones contradictorias en esto. No se puede negar que las orquestas mejoran entre las manos de tan brillante preparador. Crecen en virtuosismo y limpieza, y aumenta la belleza sonora, como lo demostró su orquesta titular: la Filarmónica de Berlín.

A propósito de Karajan, debemos decir algunas palabras sobre el hecho de dirigir de memoria. En el año 1816, las salas de concierto vienesas presenciaron un espectáculo sensacional: cierto violinista, caído hoy en el olvido, tocó de memoria una composición, y esto parecía algo completamente nuevo. Pero la costumbre se extendió con rapidez. Por todas partes Paganini y Liszt habían tocado siempre de memoria, lo cual contribuyó no poco al entusiasmo del público. También había causado gran sorpresa que Hans von Bülow tocase de memoria las 32 sonatas de Beethoven.

El dirigir de memoria causaba admiración porque era algo nuevo, e hizo escuela porque causaba admiración. Hoy día, casi se hace sospechoso el director que hojee la partitura dirigiendo una sinfonía de Beethoven. Por otra parte, si la partitura sirve de ayuda para la memoria, no se debe prescindir de ella por una mera cuestión de moda. En general, el dirigir de memoria da una seguridad mucho mayor en la realización de las obras y en las relaciones con la orquesta, habiendo contribuido a perfeccionar la técnica de la dirección. Ya no es posible hoy, ni en teatros de provincia, el tipo del director-semáforo, con la cabeza metido en la partitura, y no se debe juzgar ligeramente a los que dirigen de memoria.

En las últimas décadas se ha propagado muchísimo tal forma de dirigir. Y de memoria lo hacen muchos jóvenes directores de orquesta, incluso cuando dan primeras audiciones de las obras modernas más difíciles. Toman como modelo a Toscanini. Parece ser que éste se ve obligado a dirigir de memoria por su mala vista; pero tal artista es una excepción. Por estar fuera de todas las normas, no puede servir de medida. Lo que él consigue hacer no se halla al alcance de otros.

A fuerza del ejercicio, la técnica de la memoria musical se ha perfeccionado en proporciones nunca sospechadas. De igual modo que algunos actores han estudiado quinientos papeles durante su vida, también algunos directores pueden dirigir de memoria el mismo número de obras. Adquieren la técnica de retener en la memoria una partitura después de leerla una o dos veces. Algunos la recuerdan tan sólo por poco tiempo; más otros la recuerdan durante toda la vida.

Claro que esto requiere de musicalidad, intensidad, sensibilidad y vigor.

Herbert von Karajan concedió gran importancia a dirigir de memoria, haciéndolo así aun tratándose de obras extensísimas (de hasta cuatro horas), como los dramas líricos de Wagner.

Heribert Ritter von Karajan, mejor conocido como Herbert von Karajan, nació en Salzburgo el 5 de abril de 1908. Comienza estudios de piano en 1912 y trabaja en el Mozarteum, al mismo tiempo que atiende clases en el Liceo de su ciudad. El director Bernhard Paumgarter lo encamina hacia la Escuela de Música de Viena donde se hace alumno del célebre Fraz Schalk. Debuta como director en 1927 con "Fidelio" de Beethoven, en Salzburgo. Compromisos profesionales lo llevan a Aquisgrán de 1935 a 1941, siendo el más joven director en Alemania.

En 1937 hace su debut en la Ópera de Viena y al año siguiente en Berlín. Graba sus primeros discos a finales de los años treinta, y durante la ocupación alemana dirige con frecuencia la Ópera de París. En 1946 comienza su colaboración con la Filarmónica de Viena, pero su adhesión al Partido Nazi durante los años de guerra le trae consecuencias, cancelaciones y enemistades que interrumpen varias veces su carrera. En 1948 comienzan sus presentaciones en el Festival de Salzburgo y al año siguiente trabaja en la Scala de Milán, plaza que visitará a lo largo de los años cincuenta en legendarias representaciones. Le nombran al frente de diversos festivales europeos y forja una alianza artística con Walter Legge y la Orquesta Filarmónica de Londres, donde inicia una serie de grabaciones innovadoras. En 1951 aparece en Bayreuth, a la muerte de Wilhelm Furtwängler, es nombrado director musical vitalicio de la Filarmónica de Berlín. Se le nombra en Viena a cargo de la Ópera, donde realiza sus deseos por varios años hasta que renuncia cuando no le cumplen sus condiciones. Comienza producciones operísticas para el cine y funda su propia empresa para ese propósito. En 1967 funda el Festival de Pascua de Salzburgo, además de concursos internacionales para jóvenes directores y otro para orquestas. Se le ofrece la Orquesta de París y reanuda sus actividades en Viena.

Funda otra empresa llamada "Telemondial", con la que filma lo mejor de su repertorio. Un problema de descalcificación de la médula espinal le impide caminar, hasta que una operación en 1983 le permite volver a caminar con cierta normalidad. Amado o detestado, Karajan es indiscutible figura señera de la dirección de orquesta en el siglo XX. Su perfecto conocimiento de los instrumentos y sus posibilidades, aunados a su exigencia y tenacidad, le permitieron elevar a la Filarmónica de Berlín a niveles de excelencia que ninguna orquesta había alcanzado antes. Sus interpretaciones demuestran de igual manera la evolución de una de las mentes musicalmente más avanzadas de este siglo. Karajan murió el 16 de julio de 1989.

Miércoles 25 de mayo
Sinfonías No.3 y No.4, de Beethoven

 

Sinfonía número 3, en mi bemol mayo, “Heroica” Opus 55, de Beethoven

Esbozada en 1802, durante su estancia en Heiligenstadt, la Tercera sinfonía fue compuesta entre la primavera de 1803 y mayo de 1804. Su primera audición privada debió tener lugar en el mes de agosto de este mismo año, en casa del príncipe Lobkowitz, que se convertiría en el dedicatorio definitivo. La primera ejecución pública fue el 7 de abril de 1805, en el Theater an der Wien de esta ciudad, bajo la dirección del compositor. Los críticos juzgaron la obra “pesada, interminable y deshilvanada”.

La Tercera sinfonía será la primera de Beethoven que se ejecutará en París por la Sociedad de Conciertos del Conservatorio, en marzo de 1828. Nadie ignora que lleva como dedicatoria y como subtítulo el nombre Bonaparte. La idea de componer una sinfonía en honor del “liberador” de Europa le fue sugerida pro el general Bernadotte, embajador de Francia en Viena en 1789, o por Rudolph Kreutzer, el célebre violinista al que Beethoven dedicó una no menos célebre sonata. Es interesante señalar que Bonaparte era, con la diferencia de tan sólo un año, el exacto contemporáneo del músico, que no solamente sentía una viva admiración por su “héroe”, sino que, más o menos conscientemente, había establecido una especie de paralelismo entre sus destinos respectivos.

Pero también se sabe que cuando Napoleón se hizo coronar emperador, pisoteando a ojos de Beethoven los ideales de la Revolución Francesa, éste tachó rabiosamente la dedicatoria: “¡Ahora sólo... va a obedecer a su ambición, elevarse más alto que los demás, convertirse en un tirano!”, declaró el futuro autor de Fidelio. De ahí el título final, cuando se grabó la partitura en 1806: “Sinfonía Heroica, compuesta para celebrar el recuerdo de un gran hombre” (el adjetivo de “heroica” no apareció hasta entonces).

Por la misma causa, una “Marcha fúnebre” sustituyó a la “Marcha triunfal”, que constituía el segundo movimiento (y esta “Marcha triunfal”, que constituía el segundo movimiento (y esta “Marcha triunfal” se convertirá en el último movimiento de la Quinta sinfonía). Pero aparte de estas circunstancias, el interés propiamente musical de la Sinfonía Heroica es otro: es evidente la obra que va hacer estallar los cuadros de la sinfonía clásica y los exegetas de Beethoven han señalado esto al marcar una especie de frontera entre las dos precedentes sinfonías y ésta. Se ha llegado a hablar de un “segundo” estilo, lo cual no deja de ser equívoco. Pero nada es tan simple. Baste con señalar por el instante que la Cuarta sinfonía, aún por llegar, será parcialmente dependiente del “primer” estilo.

Sinfonía número 4, en si bemol mayor Opus 60, de Beethoven.

Escrita de un tirón durante el verano de 1806 –el mismo año que el Concierto de violín- la Cuarta sinfonía se estrenó en marzo de 1807 en Viena, en casa del Príncipe Lobkowitz, y después públicamente el 15 de noviembre del mismo año en el Hohtheater. Obtuvo una excelente acogida, pero sólo se impuso de verdad a la tercera audición. La biografía del músico nos muestra que la obra fue concebida durante un período en el que el amor de Beethoven por la condesa Teresa von Brunswick parecía tener un futuro feliz. Podemos suponer por lo tanto que el “color” del conjunto de esta sinfonía, más jovial que apasionado, refleja parcialmente sus sentimientos de ese momento. Sin embargo, se ha sugerido a menudo que esta sinfonía no tenía más que un carácter de “divertimento”, con acentos menos poderosos que las obras que la rodean y que marca una vuelta atrás. Tachémoslo de falso: la Cuarta sinfonía no reniega de la grandeza de la Sinfonía Heroira, no hace sino exponer con mayor vivacidad algunos otros aspectos de una apariencia menos externa, de una sensibilidad más íntima. Además, está llena de innovaciones que niegan la afirmación de que sea una sinfonía menor. Fue dedicada a quien la encargó, el conde de Oppersdorf.


Jueves 26 de mayo
Sinfonías No.7 y No.8, de Beethoven

Duración:

Sinfonía número 7, en la mayor Opus 92, de Beethoven

Tan sólo cuatro años separan la Sexta sinfonía de esta Séptima. Años que no fueron improductivos con la composición de obras de primera magnitud, como son le Trío del Archiduque, el Concierto para piano “El Emperador”, la sonata “Los adioses” o la música de escena para Egmont y las ruinas de Atenas. Años también, en la vida íntima del músico, de la ruptura con la condesa Teresa von Brunswick y la amistad amorosa con la joven Bettina Brentano. La partitura de la Séptima sinfonía, esbozada probablemente antes de 1811, se acabó en mayo de 1812 y no se presentó al público hasta el 8 de diciembre de 1813, en la Universidad de Viena, bajo la dirección del compositor. Se volvió a tocar el 12 de diciembre con gran éxito (el segundo movimiento fue repetido íntegramente) y así siguió ocurriendo de allí en adelante. La partitura se publicó en 1816 con una dedicatoria al conde Moritz von Fries. Al contrario que en algunas de las sinfonías precedentes (particularmente de la Pastoral), aquí no hay ninguna “intención”, ni siquiera un rasgo de intenciones biográficas. También hay que decir que el nombre de bautismo –“Apoteosis de la danza” –con que Wagner la disfrazó más tarde, está desprovisto de toda justificación.

Sinfonía número 8, en fa mayor Opus 93, de Beethoven Escrita y terminada, en efecto, menos de cinco meses después de la Séptima (el manuscrito lleva la fecha de octubre de 1812), la Octava fue compuesta sin duda en el verano precedente, durante el cual Beethoven residió en la ciudad balneario de Teplitz, en Bohemia. Puede que deba su carácter de sonriente desenvoltura a la inclinación bastante viva que el músico sintió por la cantante berlinesa Amelia Sebald, mujer espiritual y alegre que tenía a Beethoven bajo la influencia de sus encantos. Como la sinfonía precedente, ésta también fue presentada al público vienés (en la Redutensaal) más de un año después de haber sido terminada: el 27 de febrero de 1814. Sólo recibió una acogida moderadamente entusiasta y durante mucho tiempo se la consideró “la pequeña sinfonía” de Beethoven (él mismo acreditó esta denominación, por oposición con la amplitud de la Séptima). Y aún hoy se constata que la Octava Sinfonía no es, ni con mucho, la más tocada. No está dedicada a nadie.

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